miércoles, 3 de mayo de 2017

ENTRE DOS AGUAS



Este 2017 me ha traído dos buenas sorpresas musicales.
 
En primer lugar,  he recibido el tremendo regalo de poder redescubrir a los Rufus T Firefly, una banda que inicialmente me había gustado pero no apasionado; ha sido a raíz de escuchar su Magnolia (2017) que me he convertido en incondicional de su rock psicodélico de insondable profundidad.



Maravillosas melodías, acompañadas de letras profundas que respiran e inspiran arte por los cuatro costados, aderezadas con una desbordante imaginación, que te trasladan a lugares insospechados, más propios de ebrias ensoñaciones, templos de jade y bosques cubiertos en bruma que de realidades concretas. Pero yo soy una gran soñadora y por eso he conectado tanto con este Magnolia que me enganchó desde la primera nota. Canciones como Nebulosa Jade, -O-, la homónima Magnolia, o la arrebatadora Río Wolf me tienen robado el corazón. Como os podéis imaginar, estuvo en bucle durante semanas.

Pero cuál sería mi sorpresa que sin aún haber digerido mi enamoramiento de los Rufus y su Magnolia, un nuevo elemento inesperado y maravilloso apareció en mi vida, gracias HET de Radio 3.

Enfrascada en la prisas matinales de un día de trabajo, me vi sorprendida por una sensual voz masculina que, como quien no quiere la cosa, salía del altavoz de mi coche y que me dejó paralizada de amor; una voz camaleónica, con un toque country que me volvió loca, a ratos suave, llena de matices de la que me enamoré como si de un flechazo se tratase. Era la voz de Yuri, vocalista de Pájaro Sunrise, cantando Kansas City. Pero las buenas nuevas con esta banda no querían ahí, si no que al llegar a mi despacho lo primero que hice fue ponerme de fondo el último disco de este nuevo descubrimiento en mi vida musical. The Collapse (2016) no solo me gustó si no que empezó a disputar a Magnolia (2017) el primer puesto de mi disco indie español preferido del momento.

El disco me pareció impresionante,  cantado en inglés, camaleónico como su vocalista, con increíbles momentos acústicos que a ratos sonaba americana, y a ratos fluía en un moderno pop electrónico tremendamente bailable y original. En todo caso la variedad nunca le hace perder la coherencia siendo, en mi opinión, un LP de 14 canciones conectadas por el hilo conductor de un espíritu único; un disco deliciosamente suave y fácil de escuchar, apto para cualquier momento y lugar; hipnótico y pegadizo. Como no podía ser de otra manera, en bucle durante semanas.

 



Pero las coincidencias no quedarían ahí. Justo la noche antes de un importante viaje de trabajo a Macedonia, dos eventos se agolpaban en el tiempo, ¿por qué?, nunca lo sabremos.

Los conciertos de mis dos bandas preferidas del momento se celebraban el mismo día, a la misma hora y en la misma ciudad, mi querido Madrid de adopción.

 La sala Sol y la sala Ocho y Medio juntas en macedonia de frutas, se disputaban mi corazón y me transformaron por unos días en una interrogación andante. Imposible me parecía decantarme por uno u otro; finalmente opté por Rufus sin tener otro criterio más fundado que la antigüedad en conocerlo, pero sería el destino el que finalmente dejó la elección a mi acompañante, que se decidió por las maravillosas canciones de Pájaro.

La Sala Sol llena y yo con el alma dividida. Eso sí disfrutamos como enanas con todas su canciones y con la increíble elocuencia surrealista de Yuri. Bailé como una niña con  Eurohop y The Collapse of everything. Me dejé enamorar por “Opening Night” conectándome de nuevo a “esa voz” que tan adentro me llega y me sorprendí por la versiones de Hearth Angel  y Evangeline.  Impresionante lo que allí pudimos vivir.

No me arrepentí de mi decisión pero eso sí, en mi corazón sigue latiendo el anhelo de ver en directo a mis queridos Rufus.

 ¡Chicos! por favor ¡volved pronto! ¡volved ambos! y a ser posible sin macedonia.

 

Madrid 3 de mayo de 2017